Los avances por los derechos de las mujeres en México están marcados por el contraste. Se trata, incluso de contrastes extremos. Ha sido un proceso lento. Inició con el reconocimiento total a los derechos políticos de las mujeres en 1953, pero no fue sino hasta 1979 cuando tomó protesta la primera gobernadora del país.
En las elecciones de 2012 surgen signos novedosos y bienvenidos: por primera vez el partido en el gobierno postula a una candidata, Josefina Vázquez Mota, en tanto que para la jefatura del gobierno del Distrito Federal, junto con Miguel Mancera, han sido postuladas tres mujeres: Beatriz Paredes, Isabel Miranda de Wallace y Rosario Guerra.
Muchas otras mujeres han logrado trascender en el ámbito de la política local y nacional, y lo han hecho incidiendo en rumbo y cambio, en renovación y transformaciones de fondo.
Entre otros logros, han podido abrirse paso para alcanzar una representación de 30.4% en la Cámara de Diputados y de 21.4 en la de Senadores. También han asumido exitosamente altas responsabilidades en estructuras de gobierno, empresas y organizaciones de la más diversa índole. Como votantes, las mujeres determinan hoy tanto como los hombres el resultado de las elecciones. Su fuerza y capacidad política, directiva y productiva está fuera de duda.
Contrastan con estos avances la exclusión, la vulnerabilidad y el maltrato que aún padecen millones de mujeres en México. Es un contraste que lastima la armonía y la justicia social y que se materializa en injusticia laboral, violencia intrafamiliar y delitos de género.
Las mujeres del campo, a las que la ONU ha decidido dedicar el Día Internacional de la Mujer en este 2012, sufren una extrema marginación en México. En el campo se vive una profunda desigualdad. De acuerdo con la FAO, en 2009, el 60% de las personas que padecen hambre crónica son mujeres y niñas, muchas de ellas, localizadas en zonas rurales. Esta organización sostiene que si las mujeres campesinas tuvieran un acceso equitativo a los fertilizantes, semillas y herramientas, el número de gente hambrienta se reduciría entre 100 y 150 millones. México no es la excepción. La CEPAL reportó en 2007 que en nuestro país 13 millones de mujeres vivían en áreas rurales. Según su estudio, una mujer en esta área trabaja 53% más que un hombre y 4 horas más que una ubicada en una zona urbana.
A la par que un trabajo agotador y prácticamente el nulo acceso a oportunidades de desarrollo y bienestar, más del 30% de estas mujeres padece pobreza alimentaria y poseen sólo el 17% de la propiedad ejidal o comunal.
La desigualdad no tiene, como algunos creen, sólo efectos simbólicos. Según el Informe Global de Hambre 2009, los países con los niveles de hambre más altos son aquellos en los que prevalece mayor desigualdad entre géneros.
Grave es la situación de las mujeres en un país donde, a pesar de haber abierto espacios políticos en diferentes ámbitos, aún no ha sido capaz de eliminar la violencia de género; las desapariciones; las violaciones sexuales y demás vejaciones a la dignidad de las mujeres. Según cifras de la CNDH, 6 de cada 10 mujeres han sufrido algún tipo de agresión. En 2010, fueron denunciadas ante la propia Comisión 17 desapariciones, número que se disparó el siguiente año al reportarse 201. Peor aún es la realidad de las mujeres migrantes, pues se enfrentan a una cultura donde aparecen “socialmente invisibles”, pero enfrentan una sistemática violación a sus derechos humanos. Esto las convierte en presas fáciles de las redes de tráfico y trata de personas; ésta ha crecido de manera incontenible, sobre todo a costa de las mujeres: 98% de las víctimas de explotación sexual son mujeres, niñas y niños.
Este es sólo un bosquejo del contraste entre avances y rezagos, entre la luz que permite el desarrollo de las mujeres y la oscuridad que las condena a la falta de oportunidades, al maltrato y a la explotación. Por eso hay que insistir en lo mucho que nos falta hacer en México para lograr equidad, justicia y respeto a la dignidad de las mujeres. Se trata de una lucha histórica, que no puede ser despectivamente transferida a las siguientes generaciones. Hay que lograr los cambios ahora, con sentido de justicia y de urgencia, con solidez y eficacia.
El discurso de las buenas intenciones está agotado. Es el tiempo del verdadero cambio. No más mujeres en la indefensión ni marginadas; no más mujeres acosadas por la violencia ni más mujeres tratadas como mercancía.
No es una lucha de las mujeres, es una lucha de toda la sociedad. Para vencerla se requiere de una ciudadanía activa, responsable, que conozca y haga suyos los problemas de todos y todas, asumiéndolos como una responsabilidad esencial y de urgente atención. No podemos hablar de todos si ellas no están incluidas. Sólo con todas y todos podremos lograr justicia y dignidad.
Farah, Mauricio. “Los contrastes de las mujeres en México” en Milenio, viernes 9 de marzo de 2012, consultado el 11 de marzo de 2012, http://impreso.milenio.com/node/
En las elecciones de 2012 surgen signos novedosos y bienvenidos: por primera vez el partido en el gobierno postula a una candidata, Josefina Vázquez Mota, en tanto que para la jefatura del gobierno del Distrito Federal, junto con Miguel Mancera, han sido postuladas tres mujeres: Beatriz Paredes, Isabel Miranda de Wallace y Rosario Guerra.
Muchas otras mujeres han logrado trascender en el ámbito de la política local y nacional, y lo han hecho incidiendo en rumbo y cambio, en renovación y transformaciones de fondo.
Entre otros logros, han podido abrirse paso para alcanzar una representación de 30.4% en la Cámara de Diputados y de 21.4 en la de Senadores. También han asumido exitosamente altas responsabilidades en estructuras de gobierno, empresas y organizaciones de la más diversa índole. Como votantes, las mujeres determinan hoy tanto como los hombres el resultado de las elecciones. Su fuerza y capacidad política, directiva y productiva está fuera de duda.
Contrastan con estos avances la exclusión, la vulnerabilidad y el maltrato que aún padecen millones de mujeres en México. Es un contraste que lastima la armonía y la justicia social y que se materializa en injusticia laboral, violencia intrafamiliar y delitos de género.
Las mujeres del campo, a las que la ONU ha decidido dedicar el Día Internacional de la Mujer en este 2012, sufren una extrema marginación en México. En el campo se vive una profunda desigualdad. De acuerdo con la FAO, en 2009, el 60% de las personas que padecen hambre crónica son mujeres y niñas, muchas de ellas, localizadas en zonas rurales. Esta organización sostiene que si las mujeres campesinas tuvieran un acceso equitativo a los fertilizantes, semillas y herramientas, el número de gente hambrienta se reduciría entre 100 y 150 millones. México no es la excepción. La CEPAL reportó en 2007 que en nuestro país 13 millones de mujeres vivían en áreas rurales. Según su estudio, una mujer en esta área trabaja 53% más que un hombre y 4 horas más que una ubicada en una zona urbana.
A la par que un trabajo agotador y prácticamente el nulo acceso a oportunidades de desarrollo y bienestar, más del 30% de estas mujeres padece pobreza alimentaria y poseen sólo el 17% de la propiedad ejidal o comunal.
La desigualdad no tiene, como algunos creen, sólo efectos simbólicos. Según el Informe Global de Hambre 2009, los países con los niveles de hambre más altos son aquellos en los que prevalece mayor desigualdad entre géneros.
Grave es la situación de las mujeres en un país donde, a pesar de haber abierto espacios políticos en diferentes ámbitos, aún no ha sido capaz de eliminar la violencia de género; las desapariciones; las violaciones sexuales y demás vejaciones a la dignidad de las mujeres. Según cifras de la CNDH, 6 de cada 10 mujeres han sufrido algún tipo de agresión. En 2010, fueron denunciadas ante la propia Comisión 17 desapariciones, número que se disparó el siguiente año al reportarse 201. Peor aún es la realidad de las mujeres migrantes, pues se enfrentan a una cultura donde aparecen “socialmente invisibles”, pero enfrentan una sistemática violación a sus derechos humanos. Esto las convierte en presas fáciles de las redes de tráfico y trata de personas; ésta ha crecido de manera incontenible, sobre todo a costa de las mujeres: 98% de las víctimas de explotación sexual son mujeres, niñas y niños.
Este es sólo un bosquejo del contraste entre avances y rezagos, entre la luz que permite el desarrollo de las mujeres y la oscuridad que las condena a la falta de oportunidades, al maltrato y a la explotación. Por eso hay que insistir en lo mucho que nos falta hacer en México para lograr equidad, justicia y respeto a la dignidad de las mujeres. Se trata de una lucha histórica, que no puede ser despectivamente transferida a las siguientes generaciones. Hay que lograr los cambios ahora, con sentido de justicia y de urgencia, con solidez y eficacia.
El discurso de las buenas intenciones está agotado. Es el tiempo del verdadero cambio. No más mujeres en la indefensión ni marginadas; no más mujeres acosadas por la violencia ni más mujeres tratadas como mercancía.
No es una lucha de las mujeres, es una lucha de toda la sociedad. Para vencerla se requiere de una ciudadanía activa, responsable, que conozca y haga suyos los problemas de todos y todas, asumiéndolos como una responsabilidad esencial y de urgente atención. No podemos hablar de todos si ellas no están incluidas. Sólo con todas y todos podremos lograr justicia y dignidad.
Farah, Mauricio. “Los contrastes de las mujeres en México” en Milenio, viernes 9 de marzo de 2012, consultado el 11 de marzo de 2012, http://impreso.milenio.com/node/