domingo, 15 de abril de 2012

¿PUEDE UN HOMBRE SER LA MUJER MÁS BELLA DEL MUNDO?




La semana pasada Jenna Talackova, de 23 años, considerada en los certámenes de belleza una de las mujeres más hermosas de Canadá, fue aceptada finalmente para participar en el concurso en el que se elige a la representante de ese país en Miss Universo. Algo que parecería tan banal como una pasarela en la que se promueve una concepción estereotipada de lo femenino, adquiere, sin embargo, gran importancia, pues la joven, originaria de Vancouver, fue reconocida al nacer como niño.


En efecto, durante la infancia y la adolescencia, Jenna contaba con todos los atributos biológicos de un varón. Pero rebelándose ante esta condición, se sometió a los 16 años a tratamientos hormonales y a los 19 a una intervención quirúrgica para cambiar de forma irreversible su sexo. Ahora es una mujer, reconocida legalmente como tal y protegida por las leyes contra la discriminación, por lo cual, al menos teóricamente, hoy está en condiciones de ser elegida la mujer más bella del planeta.


La transexualidad, también llamada disforia de género (disforia del griego difícil llevar, y contraria a la euforia) es una condición en la que una persona está inconforme con su sexo biológico y expresa de distintos modos su deseo de ser, vivir y ser tratada como del sexo opuesto. Desde un punto de vista sicológico, y recurriendo al lugar común –que en este caso resulta útil–, se trata de mujeres atrapadas en el cuerpo de un hombre, o de hombres en un cuerpo femenino. La incomodidad que produce poseer caracteres sexuales que no corresponden con la propia identidad sexual y de género, puede derivar en estrés y problemas a nivel familiar, ocupacional y social. Por ello no es extraño que se recurra a procedimientos hormonales y quirúrgicos para restablecer un fenotipo que corresponda con las verdaderas identidades.


Es importante señalar que se trata de algo muy distinto a la intersexualidad (como el hermafroditismo o seudohermafroditismo, ahora llamados desórdenes del desarrollo sexual). Se trata de una condición muy diferente, pues en este caso no existen datos fehacientes de alteraciones genéticas o ambigüedad orgánica.

En algunos medios se le considera una enfermedad mental; por ejemplo, en la cuarta edición del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DMS, por sus siglas en inglés), cuya autoridad para algunos es incuestionable –opinión que no comparto, pues ha incurrido en el pasado en errores garrafales, como considerar, hasta antes de 1973, a la homosexualidad como patología. También en la Clasificación Internacional de Enfermedades (IDC-10 por su abreviatura en lengua inglesa), que incluye al transexualismo en un capítulo titulado Desórdenes de la identidad de género, por cierto, avalada por la Organización Mundial de la Salud.


Es de esperar que con el tiempo esto cambie, como puede constatarse en los adelantos publicados para la quinta edición del DMS y en algunos estudios médicos (ver este mismo espacio en La Jornada 3/4/12).


Sin embargo, la medicina y la sicología evolucionan lentamente. Resulta interesante observar que a nivel social, contrariamente a lo que se piensa, en el caso de la transexualidad las leyes han reaccionado más aprisa que los criterios científicos expresados en el DMS-IV y el IDC-10.


El desarrollo de las legislaciones para la protección de los derechos humanos ha dado en varios países sustento y protección legal a las personas que cambian de sexo. Lo anterior muestra que hay una transformación en la que las leyes avanzan mientras otros sectores se van quedando rezagados y confirma, a mi juicio, las tesis de Michel Foucault sobre el papel de la medicina, la sicología y las leyes como dispositivos de control de la sexualidad humana, los cuales, sin embargo, se mueven, aunque de forma no sincrónica.


En algunos países como el Reino Unido, por ejemplo, se ha establecido legalmente que el transexualismo no puede considerarse enfermedad mental ni de algún otro tipo. Entre los factores sociales asociados a estos cambios, no puede desconocerse la labor de las organizaciones civiles que luchan por los derechos de las personas lesbianas, gay, bisexuales y transgéneros.


La aceptación de Jenna Talackova en el certamen de belleza, al que me referí al principio, no ha sido un proceso exento de obstáculos. Sin embargo, las leyes en Canadá figuran entre las más avanzadas en la defensa de los derechos humanos y le han otorgado su respaldo. Jenna cuenta con acta de nacimiento, pasaporte y otros documentos oficiales que la acreditan legalmente como mujer. Inicialmente fue descalificada y su nombre borrado del listado de finalistas, pero ante la advertencia de emprender acciones legales por discriminación contra el magnate Donald Trump, dueño de los concursos Miss Universo internacional y de su versión canadiense, se produjo una rectificación, y ahora forma parte de las mujeres más hermosas del mundo, de acuerdo con los estándares y concepciones impuestos en esas competencias.


Lo interesante aquí es que el transexualismo abre un boquete, que parece ser definitivo, en una actividad humana que promueve esas nociones sobre la belleza femenina.

Flores, Javier. “¿Puede un hombre ser la mujer más bella del mundo? En La Jornada, martes 10 de abril de 2012, consultado el 15 de abril de 2012,
http://www.jornada.unam















domingo, 8 de abril de 2012

LIBERTAD RELIGIOSA Y CULTURA SEXUAL

En Viernes Santo hablemos del catolicismo. Uno de los múltiples ángulos desde los cuales puede analizarse la libertad religiosa, punto crucial a impulsar por el Papa en su reciente visita a México, son las implicaciones que puede tener para el ejercicio de una sexualidad libre. Como sabemos, la libertad religiosa se intentó incluir en la reforma al artículo 24 constitucional desde antes que viniera Joseph Ratzinger a México, toda vez que es parte de la agenda del Vaticano y del PAN desde hace tiempo, y del PRI desde la pasada contienda electoral de 2009. Por fortuna, el término no fue incluido en la redacción del artículo 24 que acaban de aprobar nuestros senadores, lo cual ocurrió gracias a que dos legisladoras y un legislador del PRD cambiaron en la iniciativa original el término de libertad religiosa por el de libertad de religión. Con ello evitaron que quedara en nuestra Constitución un concepto que para la jerarquía eclesial católica es permitir el proselitismo religioso en todo territorio e institución sin los límites que marca el Estado laico. Está por verse si esa sutil diferencia logra aminorar su impacto en nuestras políticas públicas.


Pero mi principal crítica no se centra en implicaciones tan certeras como que la libertad religiosa sustenta un proselitismo católico que desconoce los derechos de otros grupos religiosos y de los no creyentes, sino en la influencia sombría e inhumana que los conceptos católicos tienen en la cultura y forma de vivir la sexualidad, independientemente de la audiencia a quien se impongan.


La teología del cuerpo (2005) elaborada por Karol Wojtyla y Joseph Ratzinger es un referente normativo donde el cuerpo y las prácticas sexuales llegan a regularse con precisiones inéditas dentro de la larga tradición del linaje católico. Según la interpretación que hacen los dos pontífices, desde el Génesis está la raíz de la valoración del cuerpo y del acto sexual como algo sagrado: “El hombre llega a ser imagen de Dios no tanto en el momento de la soledad cuanto en el momento de la comunión; el encuentro sexual es una comunión corporal… puesto que el hombre y la mujer son seres encarnados cuyo cuerpo expresa a su persona; esta comunión de las personas incluye la dimensión de la comunión corporal por la sexualidad”. La comunión corporal es como la creación, como la obra divina. He aquí la significación del acto sexual: un acto de creación, un misterio y un sacramento que esconde lo espiritual y lo divino.


De tal interpretación se desprende que recurrir a los anticonceptivos o al aborto es una expresión de soberbia, intervenir en la creación es creerse Dios. El sacramento sexual confirma a los sexos como seres complementarios y el rechazo a la homosexualidad: Somos hombre y mujer, con la misma humanidad, pero la diferencia sexual nos identifica hasta la raíz de nuestro ser, permitiendo la complementariedad necesaria para la entrega de nosotros mismos. Siguiendo el mismo texto, el pecado original se define como un pecado de soberbia que se relaciona con la desnudez y la vergüenza original. Adán y Eva, el hombre y la mujer que dieron origen a la humanidad al pecar de soberbia y creerse conocedores del bien y del mal, como si fueran Dios, comenzaron a avergonzarse de su desnudez y a querer cubrirse de la mirada del otro: la mirada sobre su cuerpo cambió instantáneamente en virtud del pecado, pasando de la transparencia de una comunión total a la vergüenza frente a lo que les hace hombre y mujer, diferentes y complementarios. Eso que los distingue, la zona genital, es un símbolo originario que cobra sentidos negativos e inaceptables: la vergüenza de lo genital.


Por otro lado, la noción de concupiscencia contiene la idea del deseo o apetito sexual desordenado: La fuerza del amor está injertada en el hombre insidiado por la concupiscencia, la cual está presente en el hombre y en la mujer después del pecado de los orígenes. Se trata de un perpetuo estado de insatisfacción insaciable, una fuerza incontrolable al cual es preciso oponer la virtud de la continencia, o el autodominio de sí.


La idea de una sexualidad tan difícil de controlar exige estrictas reglamentaciones, con lo cual se justifican reglas de castidad y virginidad, la valoración de la castidad como la riqueza que permite una comunicación más profunda, contiene un desprecio al erotismo y al placer que termina por denigrarlo. La entrega al placer sin fines reproductivos empobrece; en el caso de interrumpir un embarazo no deseado, los fetos toman significado de víctimas y criaturas inocentes con derecho a la vida; pero en cuanto nacen y crecen, los clérigos no reconocen los derechos de niños y niñas, porque asumirlos como personas menores, como sujetos con derecho a la información, a la educación sexual y a decidir sobre su cuerpo son prerrogativas que contradicen la idea de castidad y de continencia.


Desde esas concepciones del cuerpo, los deseos y prácticas sexuales negadas por muchos jerarcas y ministros religiosos les llevan a confundir y a mostrar dificultades graves para comprender el sentido de una sexualidad libre y voluntaria en oposición a prácticas tan violentas y peligrosas, como la pederastia.



Rodríguez, Gabriela. “Libertad religiosa y cultura sexual” en La Jornada, viernes 6 de abril de 2012, consultado el 8 de abril de 2012, http://www.jornada.unam.mx/2012